miércoles, 28 de diciembre de 2011

Una conversación navideña


"—Maldita Navidad...

El anciano miraba a su alrededor, sentado como cada día en aquel apartado banco del parque. Llevaba allí ya un buen rato, sin hacer nada. Sólo pensar y lamentar. Y maldecir. Inmóvil bajo el tímido sol invernal que intentaba calentar, con sus tibios rayos, una mañana más de Diciembre.
Era aquél un sitio tranquilo que le gustaba frecuentar, para abstraerse del mundo y remover agradables recuerdos. Pero en esos días era imposible aislarse de nada. Las fiestas lo inundaban todo, incluso el descuidado parque. Gente agobiada envuelta en paquetes de regalo, niños lanzándose bolas de nieve sin cuartel,... La tranquilidad se había esfumado. Habían invadido su espacio.

—Sí, maldita sea... —gruñó, hundiendo la cara entre las manos.

Levantó la cabeza y vio a un niño de no más de 8 años, flaco, del que apenas sólo podía ver los ojos por el gorro y la bufanda que le abrigaban. Unos ojos que le miraban fijamente mientras se quitaba del hombro los restos de nieve de un bolazo acertado.

—¿Se encuentra usted bien?
—Sí, claro... ¿Cómo no? —levantó la voz, airado—. Si es Navidad...
—¿Verdad que sí? —exclamó entusiasmado el pequeño, sin percatarse del tono irónico del anciano y sentándose a su lado—. Me encanta la Navidad. Todo es felicidad. Todo es bonito. La nieve, la sonrisa de la gente,... 
—¡Alto, alto! Detente ahí. Te equivocas. Mira... —comenzó a exponer el viejo, dudando seriamente si continuar o no—. Sé que eres un crío, y que verás todo esto de otra forma; pero déjame decirte algo: la Navidad es una mentira. Lo siento, pero es así. No es más que una fachada, un auto-engaño para hacernos creer a nosotros mismos que somos felices cuando en realidad no es así. No existe tal felicidad. Todos viven amargados por las prisas y el trabajo. Y nada cambiará cuando acaben las fiestas. Otra vez a sudar sangre para ganar (quien puede) un dinero que acabará gastando, paradójicamente, en las próximas Navidades.
—Pero... pero ¿y las familias? —replicó el niño, extrañado ante lo que acababa de escuchar.
—¡Otra mentira más! No todas están unidas, y muy pocas son las que siguen estando completas. Por no hablar de los hijos o los nietos que sólo se acuerdan de ti cuando les interesa. O mejor dicho cuando les interesa a su bolsillo, claro... No, pequeño. Las familias están sobrevaloradas... Pero bueno, olvídalo. Todo esto te queda muy grande. ¡Qué sabrás tú...!

Se volvió hacia el pequeño, dándose cuenta de que aquella mirada fija y desconcertada había estado clavada en él en todo momento, mientras le escuchaba en silencio. Y había algo en ella que le decía al viejo que se estaba equivocando. Que, por algún motivo, el niño sabía que no tenía razón. Más aún: que le compadecía por ello.

—¡Jesús, nos vamos! —gritó una señora a lo lejos, mientras reunía a todos los críos que minutos antes batallaban hielo en mano.
—Debo irme, tenemos que regresar... —se excusó el chico.
—Sí, claro... Vuelve a tu mundo de felicidad. Ojalá nunca escapes de él... —murmuró el viejo, cruzando los  brazos y recostándose en el banco.
—¿Sabe? Mis compañeros y yo cantamos esta noche, en un coro. Si le apetece venir... —dijo en voz baja Jesús, entregándole un papel—. Feliz Navidad, señor.

Y se levantó, dirigiéndose al grupo que empezaba a salir ya del parque. El anciano cogió la hoja con desdén y no con poco esfuerzo leyó el anuncio escrito con letra pequeña: 


Actuación coral de los niños del Orfanato de la Calle Mayor
Miércoles 28 de Diciembre 
22:00 
Plaza de la Reina


Eso era; ahora entendía aquellos ojos. Sintió cómo algo le ahogaba por dentro, anudándole el corazón, el estómago y cada una de las palabras que le había dicho al niño hacía unos momentos. 

 Levantó la cabeza y le vio alejarse, corriendo tras sus compañeros.

—Feliz Navidad, pequeño...".


···


No a todo el mundo le gusta la Navidad, ni tiene motivos para celebrarlas. Pero eso no impide que os envíe mis mejores deseos.

Gracias por seguir entrando. ¡Felices días!


viernes, 23 de diciembre de 2011

¡Al rico "twitterlato"!

Me encanta escribir micro-relatos (o µ-relatos, como suelo poner). Intentar capturar en el mínimo espacio posible toda una historia con su argumento y sus personajes. Y con ese sabor final de querer saber más.
Pero este "reto literario" se transforma en una verdadera odisea cuando además quieres limitar el número de caracteres (o palabras) a emplear. Justo lo que pasa cuando estás usando Twitter, la famosa red social en la que sólo puedes escribir mensajes cortos de 140 caracteres. Es decir: hay que ir al grano.

Eso es lo que intento de vez en cuando en mi propia cuenta de Twitter (@AlvFdezFdez, por si le interesa a alguien seguirme), donde abundan diariamente las locuras y los sinsentidos.
Quería compartir con vosotros todos estos relatos, pero desgraciadamente no he podido recuperar de la red los más antiguos. Sin embargo, creo recordar casi con certeza que alguno de ellos era tal que así:

"El disparo le sobresaltó, pese a que estaba planeado. Vio al General desplomarse y supo que todo había terminado. Y comenzado...".


"Escribió las últimas líneas del libro de su vida. Las que describirían lo que iba a suceder. Cerró el cuaderno y se puso la soga al cuello".


Dejando a un lado estos primeros intentos he conseguido recuperar de la web los más recientes, confeccionando una primera recopilación de "twitterlatos" (nombre con el que he bautizado a estos engendros y que hizo pensar en helados a cierta amiga twitteril , de ahí el título de esta entrada). Aunque fueron escritos hace sólo dos semanas se puede observar, por ejemplo, una ligera evolución del término acuñado.

Que los disfruten:



"El mar: principio y final"


"Plantón"


"Un whisky en tres partes"


"Diógenes"



Y aquí se termina por hoy. Espero que os hayan gustado, aunque tampoco me importaría que dijeseis que son horrorosos si eso os anima a escribir para intentar hacerlo mejor, compartiendo después vuestra obra con todo lo demás. Sea como sea, y como siempre: gracias por leer.

Hasta la próxima (quién sabe si con más twitterlatos...).