martes, 18 de febrero de 2014

Sobre la inspiración

La necesitamos, y ella lo sabe.

Todos los que alguna vez hemos tenido delirios de escritor somos conscientes de que sin inspiración no somos nadie. Que nos es vital. Pero que también es caprichosa, como la ley de Murphy. E inoportuna, apareciendo cuando no podemos hacerles caso o escondiéndose cuando la buscamos desesperados (siendo éste, además, su pasatiempo favorito). Y de nada servirán nuestras quejas o ruegos al aire; sólo ella sabe cuándo hará acto de presencia.

Pero he de decir que esta imprevisibilidad no siempre es mala, ya que a veces la musa es también generosa y te regala algún que otro momento especial. Y siempre ocurre igual: de repente ves, escuchas o simplemente vives algo que te hace parar por un segundo mientras sientes que te inunda un cúmulo de sensaciones e ideas. Deseas volver a casa corriendo y ponerte a escribir sin parar, intentando plasmar gráficamente lo que sentiste durante ese momento de inspiración para poder transmitirlo.
Precisamente en los últimos días he recibido varios de estos obsequios, aunque por desgracia en ninguna de esas ocasiones fui capaz de sentarme a tiempo para escribir sobre ello. Para cuando lo hacía ya era demasiado tarde, resultando imposible recuperar esas sensaciones. Como las que me produjo aquel anciano en el centro comercial, leyendo con dificultad su lista de la compra antes de alargar la mano para coger un cartón de zumo de marca blanca. O aquella pequeña nota escrita a mano que ofrecía los servicios de un fontanero al que imaginaba como un padre de familia desesperado para el que los "brotes verdes" seguían siendo malas hierbas en forma de políticos o banqueros. O el perro que encontré hace poco atado a una señal de tráfico esperando obediente a su dueño, si bien yo no veía por los alrededores ningún establecimiento o bar que pudiese sugerir una parada temporal de su amo.

Son estos momentos, estas "fotografías" del día a día las que me remueven por dentro y me piden a gritos que escriba. Sobre lo que sea. La vida que sufrimos o la que quisiéramos disfrutar en realidad. Historias reales o ficciones espaciales. Lo que soy, o lo que ya jamás llegaré a ser.

A fin de cuentas: que escriba.

Y es así como uno se da cuenta de que, esencialmente, la inspiración es taimada, sagaz. Porque siempre se sale con la suya, siempre gana. Aunque creas que se ha olvidado de ti, y que te ha abandonado, siempre acaba volviendo. Y tú, tonto esclavo, escribiendo. Porque es lo que ella quiere de ti.

Y aquí me tiene. Sin tiempo ni fuerzas, y muy oxidado tras un largo periodo sin darle a la tecla. Pero aquí me tiene.